​La triple locura de Federico Santiago Valverde Dipetta

[de Angelo Mazzei]

Federico Santiago Valverde Dipetta


El viaje del tercer gol no empezó en el césped impecable del Santiago Bernabéu, ni en el botín derecho de un muchacho de veintisiete años. Empezó mucho antes, hace más de un siglo, en las entrañas de los barcos de vapor que cruzaban el Atlántico, huyendo del hambre y abrazando el misterio.
Cuando los italianos llegaban a los puertos de Montevideo o Buenos Aires a finales del siglo XIX y principios del XX, traían poco más que el dialecto, la nostalgia y la esperanza. Los funcionarios de aduana y del registro civil, dueños de la tinta y del apuro, solían anotar los nombres tal como los escuchaban en el viento salado del Río de la Plata, o según sus propias normas de escritura. Las preposiciones y artículos —los “Di”, “De”, “Della”, “Lo”— frecuentemente se unían al nombre principal por error o practicidad burocrática. Así, la familia Di Petta, que venía con el mar Tirreno en los ojos, pasó a ser legalmente Dipetta en los amarillentos documentos uruguayos de la época.
Y en ese mismo crisol de calles empedradas se mezclaron con los Valverde. Un apellido que sabe a valle verde, a tierra fértil de las Marcas, de Lombardía o de la lejana España, que echó raíces en el sur del mundo para sobrevivir.
De esa mezcla de sangres y puertos, de madrugadas obreras y mate amargo, nació un niño flaco en el barrio de La Unión. Le decían el Pajarito. Su padre, Julio, vigilaba la noche entera en un casino de Montevideo para que el pibe tuviera con qué patear. Su madre, Doris, vendía ropa de sol a sol en las ferias callejeras para que el pibe tuviera alas. En aquella casa, la riqueza no se medía en billetes, sino en las horas de sueño sacrificadas.
Y el Pajarito, a fuerza de barro y asfalto, creció hasta volverse Halcón.
Ayer, en la inmensidad blanca de Madrid, el Halcón no corrió: sobrevoló la cancha. Enfrente estaba el Manchester City, una máquina forjada con petrodólares y precisión matemática. Pero el fútbol, que es la más pagana y caprichosa de las deidades, no sabe de cálculos. Sabe de instinto.
En apenas veintitrés minutos —el tiempo que tarda un barco en soltar amarras— Fede Valverde hizo pedazos la lógica y el reloj. Tres gritos. Tres relámpagos que dejaron ciegos a los defensores ingleses.
El último gol fue un poema escrito de apuro en el aire: la pelota llovió del cielo y él la durmió con el pecho, como quien acuna a un niño. Luego, con la insolencia de los potreros, le dibujó un sombrero a la desesperación del rival, y antes de que el cuero de la pelota pudiera siquiera buscar consuelo en el pasto, soltó un latigazo de volea que reventó la red.
El estadio rugió hasta quedar ronco. Pero en el eco de ese estruendo no solo gritaban los madrileños. Gritaban los abuelos del puerto. Gritaban los funcionarios de aduana que unieron el apellido. Gritaba el vigilante nocturno y la vendedora de la feria.
Porque cuando Valverde golpeó esa pelota contra la red del City, no le pegó solo con la pierna derecha. Le pegó con más de cien años de historia, con el sudor de sus viejos y con un océano entero de memoria.

Lascia un commento