Identidad, nominación y auto-narración: el valor simbólico del nombre propio
A. M.
Fecha de redacción: 03 de junio de 2023
Resumen
Este artículo reflexiona sobre el valor ontológico, psicológico y simbólico del nombre propio como núcleo de la identidad individual. A partir de una experiencia autobiográfica, se analiza cómo el nombre incide en la construcción del yo, y cómo su aceptación o rechazo condiciona nuestras emociones y relaciones. Asimismo, se plantea que narrarse a uno mismo constituye un gesto de integración y sanación. Desde una perspectiva interdisciplinaria, se abordan aspectos de la psicología, la antropología simbólica y la filosofía del lenguaje.
Palabras clave: nombre propio, identidad, narrativa del yo, simbolismo, memoria emocional, autoaceptación.
Introducción: Nombrar es existir
El acto de nombrarse constituye una de las operaciones más fundamentales de la subjetividad. Cada vez que decimos nuestro nombre, estamos realizando una afirmación de existencia. En palabras de Ricoeur (1990), “la identidad narrativa del sujeto se construye a partir del relato que este ofrece de sí mismo” (p. 147). El nombre propio no es simplemente un código identificativo: es, en muchos sentidos, un compendio afectivo, social y simbólico de quienes somos.
El nombre que recibimos puede suscitar orgullo o rechazo. Hay nombres de resonancia clásica, nobles o históricos, otros en cambio cargan con el peso del contexto banal que los originó. Sin embargo, incluso los nombres considerados “desafortunados” tienden a ser interiorizados: aprendemos a convivir con ellos, a apropiárnoslos. Es esta apropiación —consciente o no— la que transforma el nombre en un elemento estructurante del yo.
El nombre propio como símbolo
La onomástica, rama de la lingüística que estudia los nombres, ha mostrado que estos encierran significados latentes, ecos históricos y asociaciones culturales (Alföldy, 1988). El nombre no es un simple signo arbitrario: su sonoridad, su etimología, su genealogía cultural lo convierten en un símbolo que influye en la autopercepción.
Por eso, cuando alguien denigra, distorsiona o trivializa nuestro nombre, sentimos que ataca algo más que una palabra: sentimos que cuestiona nuestra existencia misma. Tal como señala Fanon (1952), en contextos coloniales, la imposición de nombres o el cambio forzado de estos opera como forma de desposesión simbólica. Incluso en contextos cotidianos, defender nuestro nombre es defender la integridad de nuestra identidad.
Narrarse para integrarse
Contar la historia de nuestro nombre —su origen, sus ecos familiares, las emociones que nos despierta— puede parecer un acto de exposición, pero también es una práctica de integración. La escritura autobiográfica permite, como señala Butler (2005), reconstruir una agencia relacional: “la exposición del yo no implica su debilitamiento, sino su posibilidad de existencia compartida” (p. 44).
Narrarse es, en definitiva, una forma de hacerse cargo de los propios “demonios interiores”, como los llama el autor: esas emociones no resueltas que se alojan en la biografía íntima y buscan una vía de expresión. Desde la psicología junguiana, el nombre puede incluso considerarse un arquetipo: una puerta hacia el inconsciente colectivo, cuya integración pasa por la palabra, el símbolo y el rito (Jung, 1964).
El nombre como cuerpo simbólico
En muchas culturas tradicionales, el nombre es parte del “cuerpo espiritual” del individuo. En sociedades chamánicas o iniciáticas, recibir un nombre implica atravesar un rito de pasaje que redefine el estatus y la conciencia de quien lo recibe (Eliade, 1964). También en el ámbito moderno, aunque más difuso, el nombre participa de una anatomía simbólica. Lo llevamos “encima”, como un vestido invisible, que los demás reconocen incluso antes de conocernos.
Aceptar nuestro nombre —incluso si nos resulta incómodo o disonante— es parte del trabajo de individuación. No se trata de resignarse, sino de integrar. Como afirma Zambrano (1993), “el nombre es el germen de una revelación; decirlo es comenzar a ser” (p. 72). Al hablar de nuestro nombre, no solo contamos una historia: la reconstruimos con nuevas claves.
Conclusión: Decirse para no temerse
La afirmación que cierra esta reflexión —“No temáis decir quiénes sois”— no es solo un consejo ético o literario. Es una declaración ontológica. El acto de narrarse, aun en su forma más íntima y frágil, representa una de las herramientas más profundas de reconstrucción del yo. Callar, por el contrario, es dejar que el miedo gane terreno sobre el lenguaje.
En tiempos marcados por el anonimato digital, la fragmentación de la identidad y el vacío narrativo, reivindicar el valor del nombre propio y la escritura del sí mismo es un gesto de resistencia. Nombrarse es, literalmente, no morir.
Referencias
- Alföldy, G. (1988). Nombres personales y sociedad en el Imperio Romano. Madrid: Akal.
- Butler, J. (2005). Giving an Account of Oneself. New York: Fordham University Press.
- Eliade, M. (1964). El mito del eterno retorno. Madrid: Guadarrama.
- Fanon, F. (1952). Peau noire, masques blancs. Paris: Seuil.
- Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.
- Ricoeur, P. (1990). Soi-même comme un autre. Paris: Seuil.
- Zambrano, M. (1993). Claros del bosque. Madrid: Siruela.
